11
Mar
09

CRÓNICA MARTIRES MONTCADA 2009

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El aire, ligeramente fresco, contrasta agradablemente con un Sol esplendoroso. Hoy es 8 de marzo de 2009, un domingo perfecto para acordarnos con gratitud y cariño de  aquellos que entregaron sus vidas en este mismo lugar, con tan sereno valor y con tan gran corazón. Estamos en  el cementerio viejo de Montcada y Reixac, celebrando, como catalanes bien nacidos, la fiesta de los Mártires de la Tradición.
 
A poco más de las 11 de la mañana y oficiada por un sacerdote de la congregación de los Misioneros de Cristo Rey, da comienzo la Santa Misa, que es seguida por todos los presentes con el natural recogimiento. Nos habla el Padre Jaime del supremo sacrificio de quienes entregaron sus vidas por amor a Cristo, y del no menor de quienes aceptaron, con resignación cristiana, la pérdida cruenta de sus seres más queridos. Así nos recuerda la gesta del Alcázar y del valeroso Coronel Moscardó que, conminado a rendirse si quería que las ordas marxistas respetasen la vida de su hijo, prefirió, cual moderno Guzmán el bueno, que le arrebataran la vida a su hijo antes que traicionar a quienes a él confiaron sus vidas.
 
Así vemos a nuestros mártires de Montcada: Prestos a servirnos de ejemplo con su sangre pues, lejos de guardarla para sí, la entregaron por Cristo… y por nosotros.
 
Nos preparamos para el Vía Crucis. Nos sobrecoge a todos el corazón, recordar el horror de las masacres que justo donde nos encontramos acontecieron, pues aquí murieron asesinadas, en “secreto”, unas 2000 personas. Los traían de noche, los mal mataban y muchos agonizaban durante horas. Sus satánicos torturadores bajaban al pueblo y riendo como hienas, les decían a los enterradores: “ya tenéis más carne fresca”. Y la “carne fresca” esperaba hora y horas hasta alcanzar el merecido descanso en los brazos amantísimos de María, nuestra Madre. Y así, con el corazón abierto, vamos desgranando nuestras oraciones. Por nuestros muertos y por las almas de sus verdugos.
 
Terminado el emotivo Vía Crucis, nos enardeció Don Manel Rodríguez, delegado de comarcas de la Comunión Tradicionalista Carlista, quien desgranando nuestro cuatrilema, hizo una encendida defensa de la necesidad angustiosa que tiene nuestra amada Cataluña de la acción y del valor de sus hijos carlistas.
Cerró el acto Don Juan Ramón Brustenga, que nos leyó el manifiesto de la Comunión Tradicionalista Carlista, donde, tras recordar el elevado precio en sangre que los carlistas hubimos de pagar por nuestra significación política en el pasado, insistimos en nuestra más profunda vocación social: Los enemigos de Dios han elegido atacar a la Iglesia desde la política, y desde la política estaremos los carlistas defendiendo a la Iglesia, a la Patria y a las familias.
 
¡Aquí estamos! Un centenar largo de carlistas de todas las edades, que gritamos con fuerza y amor aquello que gritaron nuestros mártires mientras expiraban:

¡Viva Cristo Rey!

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